EN OCASIONES
En ocasiones, acompañado por el silencio, y mientras mi
cuerpo descansa, me traslado navegando al recuerdo de una historia
que años atrás me contó un borracho del barrio.
El día que me la contó ni siquiera le escuché.
Yo estaba allí, y él no paraba de hablar, zarandeando
su vaso de vino de un lado a otro, cómo si quisiera mostrarme
su acreditación de “hombre ebrio”, que le daba
derecho a hablar sin que nadie le hiciera el menor caso.
Por raro que me pareciera en un principio, la historia que contaba,
ha ido haciéndose hueco en un recoveco de mis adentros. Es
cómo si una parte de mí la hubiese dado cobijo para
una noche, y se estuviera, con sigilo y desapercibida reservando
habitación para largo.
Esta historia hablaba de un hombre que empezó a trabajar,
porque quería vivir la vida y tener dinero para gastar y
comprar la felicidad, y viajar a China y a Perú. Pasaron
unos meses, y empezó a pensar en un viaje y adonde se iría.
Se compró una maleta. Estaba ilusionado. Se levantaba todos
los días a las cinco de la mañana, curraba y pensaba
en su viaje.
Por fin, tras un año de sufrimiento llegó el día
de la marcha, y en el mismo momento en que se disponía a
abrir la puerta de la calle con su maleta en mano, sonó el
teléfono. Posó la maleta, y se dirigió al salón
a descolgar. Descolgó, y al otro lado de la línea,
una voz desgraciadamente familiar resonó amable. Era su jefe.
Al parecer había quedado bacante un puesto en otra sección
de la empresa. En dicho puesto, en vez de a las cinco de la mañana
ficharía a las seis. Además cobraría un veinte
por ciento más. Pero eso sí, la condición indiscutible
era que tendría que incorporarse de inmediato. Las cosas,
así decidió quedarse.
Meses después compró una maleta de piel, con ruedas
incorporadas y notablemente más grande que la primera. Pensaba
ya en su definitivo viaje. Y en que en último momento no
hizo el primero, por una razón mayor.
Pasó el tiempo, y tras sufridos años de trabajo llegó
el día señalado. ¿Qué pasó entonces?
¡Sonó el teléfono! Le hicieron una oferta que
no podía rechazar. Le darían más dinero, se
levantaría media hora más tarde, y a cambio retrasaría
sus vacaciones. Él pensó en sus vacaciones, con el
sueldo aumentado y su horario reducido, -calidad de vida- pensó,
y aceptó sin titubeos.
Por supuesto un tiempo después, se compró una maleta
más grande con bordados de cobre y seda.
Años más tarde su casa era un amasijo de maletas
que no partían hacia ninguna parte. Y su cuenta bancaria
rebosaba de números que no perecerían nunca, porque
aquel hombre siguió trabajando siempre por el viaje que nunca
haría.
Autor: Xavier González Bilbao
|